Viaje a México (II de IV)

El trayecto desde el aeropuerto hasta Ciudad de México fue un poco fatigoso, aunque en mi tierra estábamos en invierno, en Centroamérica era verano y venía con tres mangas … con las prisas no asumí la temperatura que hacía y cuando me di cuenta, una gota de sudor recorría mi frente tal y como una corriente de agua baja la montaña escapando a cualquier control tras una lluvia torrencial… y fue el detonante pero, estábamos llegando ya, así que aguanté todo lo que pude y allí estábamos, en el hotel Novit, en medio de la calle más larga de la ciudad, “Insurgentes”.

Me despedí del buen hombre que me aconsejó sobre seguridad, robos, comidas e incluso me contó algunas anécdotas vividas; un buen tipo.

Llegué al hotel exhausto, entre los cambios horarios y sobre todo de temperatura, pero una buena ducha me dejo casi nuevo. Al tiempo recibía un mensaje de mi compañero Eugenio Ruiz, Ingeniero malagueño especializado en Acústica y que estaba preparándolo todo para “migrar” a la ciudad. Él estaba con otro compañero de la empresa, Francisco Fragoso y junto a su pareja, los tres vendrían a por mí, y juntos cenaríamos.

El mensaje de Eugenio me sorprendió para bien porque me avisaba de que si nos daba tiempo, la intención era llevarme a México Arena y poder ver la lucha en directo; por supuesto, no pude decir que no a tal propuesta y poco después llegaron al hotel.

Nos encontramos en la entrada del hotel, saludé a Eugenio y me presente a Francisco y Betsabé, los cuales fueron muy amables y educados. Comimos en el hotel porque se nos había hecho tarde y partimos hacía el “westling”.

Tras muchas vueltas con el coche logramos aparcar en una especie de “cochera” sin techo con el suelo de tierra y muy desnivelada, y apenas anduvimos 100 metros hasta el recinto.

Las voces se oían desde lejos y daba la sensación de que sería un sitio peligroso y sombrío, pero lo cierto es que resultó ser todo lo contrario y me llamó mucho la atención, porque había un ambiente familiar, donde los jóvenes gritaban a su favorito y el olor a “ganchitos” proyectaba por toda la inmensa sala; sí, se podría decir que era un plan perfecto para un sábado noche de todas las edades.

Se notaba a leguas que la lucha estaba preparada, pero era tan divertido y tan sonoros los golpes que allí se daban que me divertí mucho y el tiempo pasó muy rápido. Cuando acabaron todos los combates, y tras un gran aplauso, salimos del edificio, compramos un par de mascarás de los personajes más famosos, y nos fuimos a descansar.

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