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Viaje a México (III de IV)

20 mayo 2016

Me desperté bastante temprano, además de por el cambio horario porque mi sentido de la responsabilidad estaba en su máximo nivel, ya que Francisco y Betsabé habían sacrificado su fin de semana para llevarme a ver las pirámides de Teotihuacan y no quería hacerles perder ni un solo minuto; así que dejé todo lo relacionado con el trabajo listo y revisado y me preparé para la visita.

Me recogieron a la hora prevista en la puerta del hotel y salimos en coche rumbo a las pirámides.

Tardamos unos 40 minutos en llegar, aunque si hubiese sido un día laborable hubiésemos tardado horas… debido a que pasamos por una zona que se “atasca” con frecuencia.

Al llegar nos encontramos con muchas pequeñas tiendas donde tenían de todo, desde camisetas hasta artículos hechos a mano o ejemplares de obsidiana (conocido también como vidrio volcánico) de Jaguares muy bien hechos.

Dejamos todo esto atrás y caminamos unos 200 metros hasta llegar a la primera de las dos grandes pirámides que dan sentido a aquel fantástico lugar y que podíamos divisar desde lejos, “La pirámide del Sol” que con sus 63 metros de altura es la construcción más grande del lugar. Subimos hasta la cima, escuchamos la historia aprovechando que teníamos un guía cerca y al poco tiempo bajamos para a través de la calzada de los muertos llegar hasta la pirámide de la luna.

Subimos a “la luna”, aunque desgraciadamente no pudimos llegar hasta la parte más alta, pues se encontraba cortado el paso; pero fue suficiente para poder disfrutar de una vista sin parangón y desde donde vimos Ciudadela de Teotihuacán y Pirámide de la Serpiente Emplumada.

Al bajar de las pirámides nos encontramos a vendedores ambulantes donde he de confesar que me divertí mucho con las negociaciones, y donde al final nos hicieron un buen precio; aunque como diría Eugenio… aun así creo que nos han engañado; jeje.

Después de adquirir los recuerdos, la pareja me llevo a “La Cueva de Teotihuacan”, que consistía en una cueva acondicionada hacía mucho tiempo como restaurante con comidas de la época y donde probaría “manjares” del lugar.

Accedimos a la cueva y a pesar de calor que hacía fuera, he de confesar que pasé muuucho frío, pero estábamos lejos del coche y bueno, no procedía regresar, así que aguanté la temperatura como pude.

Francisco y Betsabé cometieron el error de dejarme ver la carta, y predije el futuro… jejej…iban a pedir Escamoles y Chapulines, que se traducen en huevos de hormigas calientes y grillos tostados. He de reconocer que al llegar los platos tuve un sentimiento de rechazo a la comida curioso, pero tras concienciarme lo comí sin dudarlo y me di cuenta de dos cosas, que todo lo que sea frito o crujiente me lo puedo comer sin más, pero todo lo que tenga textura similar a la mantequilla y más aún caliente… bueno, ya os podéis imaginar. Aun así, me lo comí, y tras el episodio de la comida tradicional, pedimos un buen plato de carne, que me supo a gloria bendita.

Tras la comida, tuvimos la suerte de ver bailes tradicionales de diferentes zonas de Mexico, y después regresamos a DF para visitar la Basílica de Guadalupe, la cual me impactó por su tamaño y el terreno habilitado a sus alrededores para acoger a los visitantes.

Terminamos la visita, le compré una medallita a mi madre y a mi abuela y regresé a las 18:00 al hotel para descansar bien, pues al día siguiente tenía trabajo y debía llegar con las pilas cargadas.

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